La contra fuerza del Dago

foto/Luis Felipe Rojas


Con el sugerente nombre de “Dagorretipos”, en clara alusión a la antigua
forma de captar un arquetipo de la realidad, Dagoberto Driggs Dumoi ha
montado hace un par de semanas su exposición en un salón de la Unión de
Escritores en Holguín (UNEAC).
La muestra de marras está basada en una numerosa serie de fotografías
impresas en metal. Se trata de los flashazos que Driggs Dumoi logró hacer
hace varios años. Aprovechando sus labores como diseñador para el Consejo
Provincial de las Artes Plásticas, captó el momento en que desmontaban las
viejas fábricas de azúcar de caña.
Ahora la realidad le ha dado un vuelco significativo a la Obra de Driggs.
En el momento en que expone sus variaciones de aquella demolición, el
gobierno cubano ha anunciado la reapertura de más de una veintena de
centrales azucareros.
En el mundo contemporáneo el arte suele acompañar (y criticar en todo
sentido) las acciones de la política como discurso universal. Esta pudiera
ser catalogada como una exposición ‘políticamente correcta’. Si atendemos a
su inclusión en una organización de artistas que promueve la defensa del
socialismo y que su actual presidente Miguel Barnet se cataloga como un
comunista de mente abierta, lo que Driggs ha hecho es testimoniar el pasado
y el presente, una marca identitaria como el azúcar cubano tiene en
Dagoberto a un explorador misericordioso.
Sin embargo, Dagoberto Driggs recoge los pozos de un desastre nacional.
Azúcar y esclavitud decimonónica. Industria y nacionalización. Aquí también
están las huellas de una expropiación que contó con la euforia y aprobación
mayoritaria hace 52 años. De modo que desde la provocación que significa
todo hecho artístico, Driggs devela una punzada en el rostro del país.
Estamos ante un gesto cultural que se enmarca en el discurso de la
periferia por varias razones. Hace cinco años estos ‘Dagorretipos’ hubieran
parecido oportunistas y la persona social que es este artista nos habría
parecido un tratante de consumaciones exóticas. En cambio el acto de hacer
reposar aquellas realidades, cuando miles de obreros en la Cuba de los
Bateyes azucareros quedaban sin empleo y su vida social se transformaba
drásticamente al ver desaparecer su única fuente de ingresos le aleja de la
praxis de la melancolía para ubicarlo en la pura documentación.
Restos de cañerías, pedazos de cinc y tornillos herrumbrosos fijan su
destino al engaño de una foto en sepia. Hay una demarcación imprecisa entre
realidad y ficción que a Driggs le ha interesado atravesar para deslindar
su obra del discurso de la sumisión política, en el caso de muchos artistas
cubanos es harto conocida.
Citas a instalaciones anteriores, a plásticos que han surcado los mares de
la ineditez para sembrarse de cuajo en los altos foros del arte moderno
globalizado y una parodia de la realidad que se ve identificada con las
carencias insulares ubican frente a Driggs un altavoz sin precedentes para
decir sus verdades.
Con una excelente curaduría y un montaje a medio camino entre la
formalidad y la necesidad de la impronta, los ‘Dagorretipos’ son más que un
hecho artístico en sí, un gesto social que nos hacía falta en esta tierra de fértiles campos de caña.

3 pensamientos en “La contra fuerza del Dago

  1. No hay crimen perfecto, siempre hay un ojo que te ve. Prohibido olvidar. Documentar bien para no equivocarnos tan seguido y nadie nos diga que este desastre nunca sucedió.

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