Fernández Pequeño responde una entrevista impertinente

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José M. Fernández Pequeño. Foto: Luis Felipe Rojas.

A José Fernández Pequeño lo conocí peleón y sabichoso en un Santiago de Cuba que parecía a punto de explotar en 1994. Era el centro de muchas conversaciones que él mismo se encargaba de comenzar o terminar con cuatro carajos bien dichos, derecho que ostentaba a base de ser de los pocos prestadores de libros que quedaban por entonces.

Pequeño me indicó lecturas de formación entreveradas entre sus cuentos de entonces, como hago hoy. Semanas han pasado desde que engullera su manojo de historias recogidas bajo el título El arma secreta, de la Editora Nacional, de la República Dominicana, 2014, y merecedor del Premio Nacional de Cuento “José Ramón López”, del año anterior.

Hace unos días nos sentamos en un pintoresco bar de Miami, escoltados por unos vasos nevados en cerveza americana, por poco tengo que redactar otra entrevista, debido a las cosas que iban aflorando mientras se abría el dispensador que la muchacha manejaba con soltura aquella mañana sabatina. Pero ya Pequeño había contestado por e-mail mi cuestionario y yo solo quería hacerle un par de fotos. El próximo 5 de diciembre estará leyendo fragmentos de este excelente libro en el Centro Cultural Español de Miami, lo presentará Joaquín Badajoz, y este es un adelanto de esa fiesta venidera.

El arma secreta conserva una estructura formal en la arquitectura de sus narraciones. ¿No te sorprendes décadas después puliendo la misma piedra?

Nunca es la misma piedra. Cada texto trae un reto inédito, una demanda expresiva ante la que respondo en la confianza de que la intuición sabrá poner el oficio en movimiento. Para el acto de narrar –como para el amor– nunca se está completamente preparado, y eso lo hace muy divertido. La armazón de motivos en los cuentos de El arma secreta –eso que llamas estructura– no fue algo que me quitara el sueño, salvo el montaje temporal en “El ombligo de María B.” y la focalización alterna en “El arma secreta”. Más trabajoso fue estructurar el libro en su conjunto, buscar que cada cuento aportara una perspectiva diferente sobre ciertas nociones que prefiero no mencionar aquí. Quizás por eso el narrador catalán Javier Calvo creyó percibir, tanto a nivel de influencias como de ambición estilística, una aspiración de “libro total, novelesco”. Solo puedo asegurar lo siguiente: no junto cuentos para armar libros, escribo libros de cuentos. Y lo mejor es que no los planifico, vienen solitos y a tiempo.

El primer borrador de “El arte de roncar” fue escrito en 2002, el de “El cíclope” en 2004, pero ninguno supera al relato “Un cierto olor a escalofrío”, cuya escritura inicial nos lleva hasta 1989. Todos fueron reescritos entre 2012 y 2013.

La imaginería popular, el amor a destiempo, la perseverancia de los hombres y mujeres… todo eso lo mezclas en una “fiesta Caribe” que es El arma secreta. ¿Está eso ligado a la búsqueda de nuevos o los mismos lectores? ¿Cómo es la relación de lo que escribes con la crítica literaria?

Hay muchas razones para escribir literatura y probablemente todas sean válidas. En mi caso, escribo porque es la única manera a mi alcance de entender el mundo que me rodea y mi lugar dentro de este. Vista así, la creación literaria asume un papel heurístico frente a la realidad, encarna la más conflictiva pero también la más reveladora forma de acercarme a un imposible necesario: la comprensión del ser humano. Eso significa que al escribir nunca me detengo a preguntarme qué está esperando el lector, algo que sí resulta esencial para quien tiene la mirada puesta en las ventas o en la posible recepción que encontrará dentro de algún entorno literario, social o político.

Los cuentos de El arma secreta fueron escritos porque viví quince años en la República Dominicana y constituyeron la forma más expedita que encontré para dialogar con esa realidad y con los modos culturales a través de los cuales sus protagonistas la simbolizan. Haber nacido en Cuba fue de gran ayuda en la tarea, y de ahí quizás venga esa “fiesta Caribe” que crees ver en el libro.

En la crítica literaria pienso aún menos. Nunca pertenecí a un taller, jamás leo ni muestro un texto a otra persona –aparte de mi esposa– mientras no siento que su factura es al menos digna desde el punto de vista profesional. Cuando así lo creo pero tengo dudas, pienso en quién entre mis amigos y conocidos sería el lector adecuado para ese texto y para esas dudas en específico. En ocasiones se trata de intelectuales –incluida gente que escribe crítica literaria–, muchas veces no tienen nada que ver con la literatura, pero sí están en condiciones de evaluar cuán auténticas pueden ser ciertas experiencias literariamente reinventadas.

Miami no es otra vuelta de tuerca

Tu viaje desde Bayamo a Santiago de Cuba, de ahí a Santo Domingo y Santiago de los Caballeros, más ahora a Miami te alejó del condumio literario que viviste en la isla durante unos cuarenta años. ¿Extrañas algo de aquellos corrillos literarios? ¿Puede eso afectar la obra de un escritor?

Bayamo fue la niñez y la adolescencia, el sentido de pertenecer. En Santiago de Cuba trascurrieron los años de formación, los ilusionados proyectos culturales y las definiciones. No hace mucho el escritor Francisco López Sacha me decía que durante aquellos años ochenta un numeroso grupo de escritores habíamos llegado a saber qué queríamos escribir. Tiene razón, aunque en mi caso más bien supe y tomé conciencia de aquello que no quería escribir.

República Dominicana me trajo una madurez tanto más raigal cuanto que fue forjada a puros golpes, como le ocurre a cualquier emigrante. Allí aprendí el valor real y definitivo de la libertad personal y descubrí que mi única obligación como escritor era encontrar la voz que nací para ser. Así contesto la segunda parte de tu pegunta: no quiero ni imaginarme lo que habría sido mi carrera de escritor de no haber seguido la trayectoria geográfica que señalas.

En cuanto a la primera parte de la pregunta, soy inmune a la nostalgia. Además,  los proyectos culturales que tanto me enorgullece haber ayudado a fundar –la Casa del Caribe, el Festival, la revista Del Caribe, los Encuentros de Narrativa Cubana y tantos más– o pertenecen al pasado o hace mucho dejaron de ser lo que soñamos.

Extraño sí a numerosos colegas con los que durante años participé en un profuso sistema de intercambios, un aguerrido hábito de discutir desde el respeto que no he vuelto a encontrar con ese nivel y esa bondad en ningún otro lugar. Para que alguna omisión no ofenda, solo mencionaré algunos de quienes se me han muerto: Joel James, José Soler Puig, Ricardo Repilado, Jorge Luis Hernández, Jesús Cos Causse o Guillermo Vidal Ortiz.

Miami es otra historia, una ciudad que me esperó durante cuarenta y seis largos años con la fe de una amante paciente y segura de sí misma.

Pero no son pocos los que rechazan y reprochan a Miami por ser una ciudad culturalmente plana, árida para las cosas del espíritu y dizque “esencialmente intolerante”.

Respeto todas las valoraciones, que por lo general dependen de las expectativas y las necesidades de cada quien. Para el tipo de escritor que soy, es un deslumbramiento cotidiano ir descubriendo las inusitadas dimensiones que ha adquirido lo cubano en un medio tan diverso desde el punto de vista cultural como Miami, y esto abarca el habla, las costumbres, las formas de sociabilizar y expresarse… todo. Quizás mi atracción nace de una arraigada creencia en el poder de la mezcla, la apropiación y la resignificación de lo diverso, que constituyen el corazón mismo de la cultura caribeña y de las cuales El arma secreta quiere ser una modesta consecuencia.

Y para que veas, ese deslumbramiento motivó en mí un regreso literario a la isla, un volver a asuntos que desde la adolescencia quise convertir en literatura. De ahí nació el libro de cuentos “Memorias del equilibrio”, todavía inédito.

Tengo muy buenos amigos escritores que confiesan haber necesitado mucho tiempo después de llegar a Miami para comenzar a escribir de nuevo. No es mi caso. A lo mejor no me he dado cuenta de la aridez espiritual que mencionas en tu pregunta debido a mi natural necesidad de buscar cierto aislamiento, de garantizar que no me jodan mucho para poder concentrarme en la escritura. Quién sabe.

Viviendo en Miami recibiste un Premio Nacional de Cuento en República Dominicana. ¿Aspiras a o aceptarías los Premios Nacionales de Literatura que se entregan en La Habana?

Tu pregunta carece de sentido por falta de pertinencia en el contexto del presente. Quienes otorgan esos premios no están en condiciones de proponérmelos. Quien los recibiría –es decir, yo– no está en condiciones de ser considerado para tal propuesta. Y esto último por varias razones, incluyendo que no creo merecer esa ni ninguna otra distinción. Si dentro de cincuenta y cuatro años me hacen la propuesta, te prometo dos cosas: serás el primero en saber mi decisión, y dos: tomaré esa decisión sin aceptar condicionamientos de nadie, sin violentar la única libertad real que conozco: pensar con cabeza propia, decir lo que me dé la gana donde me dé la gana y escribir al margen de los dineros de la política.

Sin embargo, admito que tu pregunta, señala hacia una desagradable realidad. Tras medio siglo de ejercer la intransigencia revolucionaria, que ha marcado con fuego la vida de al menos tres generaciones de cubanos, el libre albedrío de la institucionalidad cultural en Cuba se encuentra diez pasos por detrás de su similar en la República Dominicana. Para que un dominicano reciba un premio nacional no importa si vive en la isla o en el extranjero, no importa si la obra es inédita o está publicada, no importa si la publicó la Editora Nacional o es una auto publicación realizada en Birmania, no importa si es un demócrata convencido o cree que Trujillo ha sido el mejor gobernante en la historia de la humanidad, no importa si pertenece al partido en el poder o a uno de la oposición. Incluso no importa si, como es mi caso, se trata de un dominicano por adopción.

Es por eso que si alguno de los premios nacionales cubanos le fuera propuesto a escritores como Abilio Estévez, Félix Luis Viera, Ramón Fernández-Larrea o Ángel Santiesteban, para solo mencionar cuatro nombres, mi primer sentimiento sería de alegría ante la posibilidad de que la segregación por razones de afiliación, ideología, actitud política o lugar de residencia pudiera estar empezando a perder terreno en las instituciones culturales cubanas.

¿Cuál de estas categorías escogerías para presentarte: escritor exiliado, profesor emigrado o emigrante económico? Ya que ahora eres un noble habitante de la ‘sagüesera’, tienes que escoger una categoría.

Ese tienes enfático sonó a elección del Poder Popular en Cuba. Para presentarme, preferiría decir que soy un escritor y punto. Ahora, referido a la condición migratoria, si vas al diccionario de la Real Academia Española, encontrarás que exiliado y emigrado son prácticamente sinónimos. Ambos se refieren al individuo que está fuera de su patria y ambos apuntan: “generalmente por motivos políticos”. A la volatilidad propia del concepto “emigrante económico”, se agrega en este caso la peculiar coyuntura cubana, la forma en que quienes gobiernan nuestro país de origen hace más de medio siglo borraron los matices para colocar a la sociedad entre el todo y la nada como únicas opciones. Tal hecho hace que en el caso cubano también se difuminen los matices que podrían separar al emigrante económico del emigrante puro y duro.

Aunque tenga por práctica no hablar media palabra sobre política, quien sale de Cuba para escapar a las condiciones económicas en que allí se vive, ¿no está de hecho huyendo del modelo político que sigue empeñado en multiplicar esas pésimas condiciones económicas?

Puedo vivir con muy poco si tengo la motivación para hacerlo. Lo que me resulta imposible es fingir el aplauso o cultivar el silencio ante un proyecto político agotado que, por tal de mantener el poder, ha decidido que el futuro de la sociedad está en regresar a la Edad Media. Por eso me puse lejos y por eso preferí convertirme, como millones de mis coterráneos, en exiliado o emigrante. Escoge tú el término que te guste más.

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2 pensamientos en “Fernández Pequeño responde una entrevista impertinente

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