Historias de un viaje sin fin

jip

El autor de este artículo, Jorge Igancio P. (al centro, cerrando los ojos para volver a Barcelona), Denis Fortún y la escritora Belkis Perea. Foto cortesía de NeoClubP.

“Deseoso es aquel que huye de su madre”. JLL.

Un libro se escribe para empezar a viajar, o para detenernos en el tiempo, como lo han hecho los grandes viajeros o los grandes escritores. Jorge Ignacio Pérez (La Habana, 1965) se arrelanó en un murito de la Rambla barcelonesa para que el tiempo no se le escapara de las manos, y en ese verano que nos cuenta en esta bitácora de viaje, describió los fulgores del asombro por una mujer, (creo que una mujer son todas las), sombras acaso que llegan para cuidarnos del espanto.

 Historias de depiladoras y batidoras americanas, (Neoclub Edciones, 2014), es el resultado que JIP obtuvo de mediodías de descanso luego de tomarse un brake por horas frente a un mostrador vendiendo aparatos de para el solaz de los ibéricos encandilados aquel verano de hace una década.

Mujeres esquivas y lacónicas, jovencitas provocadoras y con una sed de comunicación humana que parte a cualquiera de tristeza por tanto abandono de carne y belleza abandonadas entre el sopor del día, desfilan delante de estas narraciones que nacieron como un blog a finales de los años 2000 y ahora son escrutadas como un libro pensado desde un principio como la hoja de ruta de un conquistador.

Cristóbal Colón salió del Puerto de Palos hace ya quinientos años en tres yeguas jóvenes y hermosas conocidas como La Niña, La Pinta y La Santa María; cinco siglos después, JIP escribía sus infolios personales, se montaba en un caballo transatlántico volador y caía en las manos de su madre en un aeropuerto habanero (“Deseoso es aquel que huye de su madre”).

La vida de todo exiliado es un círculo que al parecer se cierra en algún punto caprichoso en que Dios, (ese “pajarito mandón”, al decir de Cortázar) arregla cuentas. Me lo han confesado varios exiliados, la gente se aleja, obligada o de manera voluntaria para mirar mejor el punto al que van a regresar un día.

Visto así, las narraciones de este libro-bitácora están llenas de diálogos asombrosos, esos que solo ocurren entre gente común y corriente y no los puede ficcionar ningún autor. Las ocurrencias entre el pasaje de un chica que usa una depiladora para luego devolverla alegando estar defectuosa y las cavilaciones de JIP cuando ve que en Barcelona (o Madrid) la vida pasa y no da tregua a muchos exiliados, constituyen también un canto contra los desolados, los desesperanzados, esos que cruelmente hacen una ciudad más bella, por que callan, o lloran, o escriben en silencio para un futuro.

Este libro se parte en dos cuando el protagonista de estos posts deja el mostrador de una tienda de artículos electrodomésticos y corre a abrazar y ser abrazado por su madre al otro lado del Atlántico. Como un “deseoso”, conquistador al fin, Colón corrió mundo para volver a Génova o no y estar solo o rescribir un diario que tenía bajo una colchoneta raída la tarde en que lo encontraron muerto.

“-Dime una cosa, mijo-preguntó-: ¿Acaso no podías quedarte conmigo?”. Cuenta JIP que le dijo su madre.

En este punto el libro de JIP se hacen dos. El tímido muchacho habanero que vende depiladoras como si fueran extensiones del placer erótico de las muchachas barcelonesas va a entender por qué se fue un día y buscando qué. Todo el que huye, regresa y lo hace en busca del amor, o del placer de un abrazo, o de escuchar las voces y los cantos que le despertaron una mañana en el lugar que una vez creíste el mejor lugar del mundo. Cinco, diez años es mucho tiempo para que sirva de pretexto para no ser abrazado por tu madre.

No se me ocurre mejor idea que hacer una peregrina asociación: como  el genovés devenido conquistador surcó los mares y llegó Playa Bariay, en Holguín, así mismo JIP entró a Miami, se declaró exiliado una vez más y se estableció en este pantano de asfalto que gozamos todos. En mi copiosa imaginación Cristóbal Colón entró por las desguzadas playas holguineras para llegarse hasta San Germán, en la misma provincia y buscarme en los barracones cañeros, el genovés quería que yo leyera, hace 500 años: “…después con todas once leguas de día y a la noche veinte leguas y media: contó a la gente diez y siete leguas. Toda la noche oyeron pasar pájaros.”

Hace dos años JIP se ha anclado en Miami para que comprobemos una vez más que detrás de todo libro no hay más que el deseo de un buen abrazo, si tiene por componente una mujer hermosa, el canto de una sirena, el recuerdo de una ciudad que sueñas todas las noches, y el valor de escribir cosas tan crueles y sencillas como el llamado de la sangre, el recuerdo de la gente que te ha querido.

Gracias.

Miami, diciembre 13 de 2014.

 

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