Tinito Díaz, una pedrada en el cristal

deltedioLlevo varias semanas releyendo Deltedio (Edic. Hoy no he visto el Paraíso), un apretado conjunto de poemas del escritor cubano Jesús Alberto (Tinito) Díaz y no hay otra conclusión que el sobrecogimiento, que él está detrás de la búsqueda de la palabra exacta y la persecusión de aquellos golpes en el lenguaje, esos que nos hacen detenernos como si un muro frente a nosotros.

Tinito Díaz, como le conocen sus amigos, hace una armazón entre el sentido común y los sueños de todo exiliado, de todo desprendido de la sustancia natural de la tierra que lo vio nacer. No es apelando a la nostalgia que Díaz nos da noticias de la fractura familiar sino en esa distancia teatral ‘brectiana’. En el poema Unas palabras a mi padre lo que queda es el núcleo de su pensamiento, de su existir. Tinito Díaz pone su poética en la pérdida: “…Aunque no me arrepiento de nada:/ non, rien de rien/ estos años que he estado sin hablarte/ han hecho de mí un escritor, un poeta;/ pero no/ una major persona.”

“…me distingo en la saliva metafísica que empaña el parabrisas y voy mordiendo el exilio como un cachorro la teta de la perra, esta tarde que llega en el iris de la lluvia.”

El poemario que de manera autónoma, sin promoción ni de la mano de ningún experto Díaz ha sacado a la luz, tiene una composición caótica: poemas en versos, prosa, fechados unos y otros no, pero hacen un retrato de la agonía que es la escritura. La selva literaria que es Miami (rica y diversa, hostil acaso) está metida en estas apretadas ochenta páginas. Es epistolar y narrativa, como el diario de alguien que no va a volver: “-Hijo no abandones tu casa, suplicó mi madre y sé que debí haber advertido, pero fue una tarde de otoño y el viento se llevó las palabras, antes que yo pudiera alcanzarlas.”

Como el poeta español Jaime Gil de Biedma, Díaz parece centrar todo su arsenal en un solo tema que son dos: “El paso del tiempo y yo” (Biedama dixit). Pero el poeta cubano, alejado de toda entronización, desconocido y firme, aprovecha esta escasez de luces y parafernalias para ajustar los disparos concentrándose en el horizonte. Díaz (o el sujeto lírico que lo impulsa) escibe, grita: “Qué poco dura la felicidad en la choza del poeta, el ave se volvió ceniza de la noche al día.”

La poesía de Tinito Díaz tiene ese aliento marginal y ácido de algunas crónicas bien contadas. El ser oscuro que se agazapa en medio de la noche a ver pasar la ciudad como en el cine, ese es Díaz, un observador en el medio de ese mundo que está más allá de Miami, Pinar del Río o Brasilia. Definitivamente es un cartófrafo inusual, que marca con una navaja el mapa. “Después de una conversación con Badajoz/ me puse a hurgar la carne del pasado/ donde me encontré a mí mismo bajando la calle Martí/ con un greatest-hits de Santana en el bolsillo/ y tres pastillas de Decedrina en la cabeza”.

Y el cristal se ha roto, para seguir leyendo.

 

 

Un pensamiento en “Tinito Díaz, una pedrada en el cristal

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