“Marica”

William S. Burroghs. Edicones Alma perro.

                            William S. Burroghs. Ediciones Alma perro.

Llevo una semana envuelto en la acidez de la prosa de William S. Burroghs. No es una novedad, ni una reedición venida a cuento con el alboroto de las legalizaciones del matrimonio gay en Estados Unidos. Se trata de una edición de la casa barcelonesa Anagrama, fechada en 2002, sin lujos, sin muchas pretensiones. Es una portada descolorida que muestra a un Burroghs bajo una visera azul, difuminado casi en una aguada de tonos muy opacos. Leerla me llevó más tiempo del que yo pensaba.

Los que quieran buscar un mundo dibujado por las buenas costumbres y expresiones, que ni locos se acerquen a esta anatomía literaria que Burroghs estampó en unas ciento treinta páginas apretadas, escritas a todo correr mientras delineaba el viaje de su alter ego, Lee, por los lugares más sórdidos y sucios de México, Panamá y Ecuador. La literatura definitivamente no es para eso, Marica lo confirma.

Las peripecias homoeróticas del agudo Lee, la desfachatez de un Allerton al que no le deslumbra un cuerpo cualquiera sino el deseado por sus propias carnes y entrañas, hacen un retrato un poco más que oscuro de la vida de estos homosexuales que empujan por vivir una vida ‘normal’ en un México algo más que machista, pero que les resulta seductor a la vez. Su meta es encuontrar lo que los ha llevado hasta allí: el yague, una sustancia natural que los transporte al dominio total de sus pensamientos.

La anécdota sucede en un bar donde han encontrado al viejo Guidry. Luego de unas cervezas, ocurre el siguiente diálogo:

—¿Os conté como me tiré al policía que hacía la ronda? El vigilante que cuida la zona donde yo vivo. Cada vez que ve luz en mi habitación, entra a tomar un trago de ron. Bueno, hace unas cinco noches me sorprendió cuando estaba borracho y caliente y una cosa llevó a la otra y terminé enseñándole cómo hacía vaca para comer la col.”

Un personaje narra sin un receptor determinado. Hay “un reportero latoso” que se las quiere dar de sabihondo e intenta poner en dudas la sabiduría Oriental, le pregunta a un viejo en trance, atiborrado de humos de colores que le salen por la nariz y que ha hecho contacto cósmico: “¿Habrá guerra con Rusia, Mahatma?El comunismo destruirá el mundo civilizado? ¿El alma es inmortal? ¿Existe Dios?”.

La respuesta no puede ser mejor, y Burroghs se luce con su prosa ágil y fría: “El Mahatma abre los ojos y aprieta los labios y escupe por las ventanas de la nariz dos hilos rojos de zumo de betel. El zumo le baja hasta la boca y lo lame con una lengua larga y sucia y dice: ¿Cómo mierda puedo saberlo? El acólito dice: “Has oído al hombre. Ahora retírate. El swami quiere estar solo con sus medicamentos”. El occidental –apunta el narrador- cree que hay algún secreto que él puede descubrir. Oriente dice: “¿Cómo mierda puedo saberlo”?

En su momento Martin Amis dijo que Burroghs había “escrito un reflexivo y sensible estudio sobre el amor no correspondido…” Recientemente El País publicó “La casa donde Burroughs mató”, una crónica sobre un apartamento en México donde el escritor mató a su esposa de entonces de un disparo, y describe que el sitio se ha convertido en lugar de peregrinación para los fans del narrador y otros curiosos que alberga la especie humana.

“El escritor de El almuerzo desnudo fue detenido por asesinato y trasladado a la cárcel de Lecumberri, donde años después sería encarcelado también Álvaro Mutis. Allí entró en juego un protagonista fundamental de la historia, el abogado mexicano Bernabé Jurado (“el rey de los tramposos, sagaz corruptor de jueces”, según García Robles). El picapleitos logró que lo liberaran tras solo 13 días en prisión, al “demostrarse” que había sido un accidente. Esa es la versión que Burroughs ofreció entre rejas a La Prensa, un periódico sensacionalista que pensaba que entrevistaba a un chiflado cualquiera: “Mi esposa había tomado algunas copas. Yo saqué la pistola para mostrarla a mis amigos. La pistola se resbaló y cayó, golpeándose con una mesa y se descargó. Todo fue puramente accidental”, señala el excelente artículo de Juan Diego Quesada para el rotativo madrileño.

Lo cierto es que sesenta y cuatro años después, los vecinos de aquel edificio del DF mexicano –dos viejitas específicamente- son asaeteados por los curiosos, los que meten la nariz para saber más y de más cerca sobre el problemático escritor, que escandalizó a tantos en mitad del siglo XX.

“Hay quien cree que fue un vil asesinato encubierto con un halo de romanticismo, pero son los menos. El escritor y dibujante Bernardo Fernández, BEF, es el autor de la novela gráfica Uncle Bill, basada en las correrías de Burroughs en el DF. Un lunes, al salir de la consulta del psicoanalista, se asomó al portal del edificio pero la oscuridad no le invitó a darse un garbeo. BEF también fantasea con la idea de entrar en el apartamento, tomarse un café con las inquilinas y sacar unas fotografías. No se atreve porque sabe que la respuesta de las hermanas y los cinco perros es siempre la misma: “Lárguense de aquí”. El misterio de Burroughs se esconde tras esa puerta”, finaliza el cronista de El País.marica

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