‘Mujeres refugiadas’: pauta de una cubana en Brasil

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La antropóloga y estudiosa cubana María Ileana Faguaga Iglesias se encuentra entre las ocho mujeres retratadas por el experimentado fotógrafo Victor Moriyama.

“Mujeres refugiadas” es la muestra que abre este lunes en la ciudad de Sao Paulo, Brasil. Faguaga Iglesias participa del  proyecto de dieciséis retratos -dejándose fotografiar-, dejándose llevar por las herramientas investigativas de la activista y abogada en Derechos Humanos Gabriela Cunha Ferraz  para llevar a buen puerto esta idea: la de mostrar la vida de mujeres que reciben asilo en Brasil o están en trámites para recibirlo, como es su caso.

Cruzar las alambradas conversó con la historiadora, etnóloga y antropóloga cubana. Faguaga tiene una maestría en Antropología Sociocultural y ha colaborado con decenas de revistas en temas como la problemática racial en Cuba, el feminismo y las religiones de origen africano en el continente. Ha sido colaboradora también de las revistas Islas y Neo Club Press. En la actualidad es profesora de Lengua española y Cultura caribeña en en la ciudad paulista.

¿Cómo entras en el proyecto de Gabriela, cuando te refugiaste y de dónde viene una ‘fotografiada’ como la que eres?

Gabriela es abogada y no sé si pueda calificarla como feminista, mas me consta de su implicación con las problemáticas de la impuesta subordinación patriarcal y de su denuedo por hacer algo al respecto para contrarrestar esa situación.

Nos conocimos en Cáritas. Durante un tiempo coincidimos allí, donde ella era abogada y yo acudía como solicitante de refugio. Así nos fuimos conociendo y acercándonos. Ella se interesaba por mi situación, sola en un país donde hay muchos cubanos pero muy pocos en mi condición, donde claro que no puedo acudir a la comunidad cubana pues tienen otra proyección.

Ella estaba interesada en visibilizar a mujeres refugiadas, especialmente africanas y afrodescendientes, en situación de refugiadas o de solicitantes de refugio. Lo cual es importante en un país con alto índice de racismo antinegro.

Así nos conocimos, nos acercamos, dialogamos cada vez más porque yo incorporé como antropóloga la situación de las mujeres afro refugiadas en Brasil. Ella tuvo la idea del proyecto fotográfico y yo, después de pensármelo un poco, terminé aceptando hacer parte.

Finalmente y aunque ella ya no trabaja en Cáritas sino en Brasilia, terminamos más que como colaboradoras, como amigas. En la distancia mantenemos el contacto.

No llegué a Brasil buscando refugio. No salí de nuestra isla con la idea expresa de no volver. Sí estaba en una situación de fragilidad psicológica y emocional y, por supuesto, material. Con todo, y pese a las tantas presiones, seguía produciendo intelectualmente. Por primera vez las presiones que yo había padecido por años y que en los últimos tiempos arreciaran, tocaron a mi familia, incluso a mi madre directamente. Por primera vez temí por las vidas de mis seres queridos y ellos por la mía. Era el momento de poner alguna distancia, mas pensé que era solo por unos meses. Sólo que en Brasil me negaron el derecho a la prórroga del visado por más de un mes. No quedaba otra solución que entrar con una solicitud de refugio, que hasta el presente no ha tenido respuesta.

En Cuba no me dejaban opciones. Aquí tampoco. Después de mi regreso de Estados Unidos había sufrido mucho más. A su vez, carecía de estructura aquí para quedarme. Carecía y carezco pero… sabía que era lo menos malo en ese momento. Lo era y lo es para mí y para mi familia. Está claro que en nuestro país me habían cerrado el círculo intentando que saliera. Luego me dificultaron en extremo la salida, pese a la supuesta libertad que ya funcionaba en ese momento para viajar al exterior y regresar, en fin… desde entonces percibí que había allá gente que no me quería adentro mas tampoco me quería afuera ¿?

Es de ese panorama -absurdamente desafiante hasta lo dantesco- que vengo.

¿Qué deja en la piel el acto de marcharse y qué hace una mujer como tú para seguir adelante y que el desarraigo no le ponga frenos a la creación?

Eso deja huellas profundas porque se ha sido absurdamente lacerado. Las huellas van por dentro y por fuera. Aquí llegaron mis primeras canas… ¿la edad? Yo sé que es mucho más que eso. Con todo, hay que seguir y se sigue con un sinfín de dificultades pero se sigue. Hay que luchar a diario con muchas incomprensiones. No se entiende que alguien nacido después del ‘59 y criado en la isla no sea castrista, y entonces te ponen el cartelito de “proimperialista”. No se admite que hay racismo en la isla. En fin…

Súmale el ser mujer, negra, feminista, profesional… te dará una leve idea.

En cambio existen personas como Gabriela, o como el personal de algunas ONG que tratan con refugiados, y claro, como otras personas, incluso que puedes encontrarse en la calle, con mucha más disposición para el intercambio respetuoso, para escuchar otros discursos, para dar crédito a la posibilidad de que existan otras miradas.

¿A qué puntos de encuentro te has aferrado para seguir siendo una cubana en Brasil?

Salí de nuestro país como una mujer madura, cronológica, intelectual, psicológica y emocionalmente. Entonces, ni me propondría ser otra cosa que lo que soy ni lo conseguiría por más que lo deseara. Soy cubana aunque identifique mi cubanía con los frijoles negros (ja… que me encantan pero mi sistema inmunológico no los acepta… mira tú…). No preciso estar escuchando a Van Van ni llevar conmigo la bandera, ni cantar el himno nacional. La identidad, simplemente, se vive, se siente, y los símbolos sólo la refuerzan en los momentos de nostalgia o para quien necesita ir construyéndosela a cada momento. No es mi caso. No hasta el momento. Además, siempre está la memoria… con sus lagunas salvadoras y con sus recuerdos consoladores o no.

La conciencia de que había llegado el momento en el que no podría continuar en mi país, y mi perseverancia en el trabajo que me vincula a nuestra nación donde quiera que esa nación esté, y no sólo en nuestro país, posiblemente eso me salva del desarraigo que mencionas. También el hecho de enseñar nuestra lengua y de hacerlo a partir de nuestra realidad, y no de un programa ortodoxo. Así que abro los ojos a mis alumnos sobre la música cubana que menos circula y a la que percibo que no acceden. Lo mismo hago con la historia, sin descartar la presente. Y no les limito cuando me llevan al ámbito estricto de la política. Desde esos “descubrimientos” que les voy haciendo, les voy enseñando la gramática y también las formas callejeras de decir.

Y, eso, me ayuda en mi revitalización del análisis que como profesional hago constantemente de la realidad de nuestro país y de nosotros más acá o más allá de las fronteras físicas de la Isla. Como también me ayuda en mi ser identitario.

Pero me niego a comprar aquí -y muy barata por cierto-, la bandera que no podría comprar en nuestro país porque tendría que hacerlo en divisas, lo que es ya un contrasentido total, y bien cara.

¿Qué les puedes aconsejar a las mujeres que ‘se van lejos’ para que puedan salir adelante?

Cuando salimos del país no hay recetas para conseguir soportarlo y avanzar. Yo sugiero no aferrarse a la idea de lo que quedó, al menos circunstancialmente, atrás. No se puede tener “cargo de conciencia”. Hay que hacerse a la idea de que hay que seguir adelante con las decisiones propias. Y salir, incluso cuando nos han empujado a hacerlo, ha sido una decisión… a menos que te colocaran directamente en el avión o en la balsa.

Hay que saber que se enfrentarán muchos problemas, obstáculos. Que tendremos que alfabetizarnos… en todo. Y que la mayoría de las cosas tendremos que aprenderlas solas. Mi sugerencia es que, en esos casos, la socorrida fórmula de buscar “un matrimonio” para tener quien nos ayude, puede ser una trampa de la que luego no se pueda salir. Mas habrá que tener los ojos bien abiertos, porque siempre habrá quien esté ahí, listo o lista para “abrirnos sus seductores brazos”. Dejarnos o no dar el “abrazo del oso” será nuestra decisión, una más.

Es difícil, mucho, pero no imposible. Si lo decidiste, inténtalo por ti. Cada pequeño logro disfrútalo sin pensar en lo que tenías allá… si tanto tenías y tan bien te sentías no te hubieras marchado.

Otra sugerencia: no tienes que aceptarlo todo porque “tú eres la extranjera”, “la refugiada”, “no sabes nada y no tienes nada”, y… cosas similares. Si no soportaste que te disminuyeran en tu país, no lo soportes en otro. Y aguántate, porque vas a escuchar de todo por no soportar humillaciones, desde arrogante a cualquier cosa.

Por supuesto, so riesgo de disgustos e incomprensiones de los otros, no soportes que te encierren en estereotipos. Tú eres tú, no eres Cuba y las visiones que de nuestro país se tienen, ni política ni culturalmente. No tienes que amar al Ché ni ser prostituta. No tienes que ser chusma ni eres payasa, porque de las cubanas y de los cubanos se espera siempre que estemos disponibles para la fiesta, lo que para muchos significa que estemos dispuestos para hacer divertir a los otros.

Una combinación de modestia y humildad con dignidad y suficiencia y, por supuesto, mucho esfuerzo y disposición para el trabajo así como apertura para la incorporación de lo que nos sea útil de lo nuevo, me parece excelente. Aunque, claro, no es garantía de “éxito”. Para este, siempre tan relativo, no hay recetas.

María Ileana Faguaga y la abogada Gabriela Cunha Ferraz, fotografiadas por Victor Moriyama.

María Ileana Faguaga y la abogada Gabriela Cunha Ferraz, fotografiadas por Victor Moriyama.

4 pensamientos en “‘Mujeres refugiadas’: pauta de una cubana en Brasil

  1. Pingback: María Ileana Faguaga Iglesias - Directorio de Afrocubanas

  2. Soy refugiada aquí en brasil,tristemente tuve q dejar a mi hija de 6 años con una paraisis en el brazo derecho,habeces me siento muy desanimada por estar en un país que no es el tuyo,pero cuando leí tu artículo me distes muchas ganas de seguir adelante,una vez más gracias por estos consejos de amor,soy cubana te admiro

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  3. Pingback: Una cubana en Brasil: "Mujeres Refugiadas" | Cubanos por el Mundo

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